CUENTO IV. PROHIBIDO.
No, no es que este cuento esté prohibido, nadie se asuste, es que habla de aquellas cosas que están, o han estado, o quizá estarán, prohibidas. El concepto, como los anteriores, es muy amplio y ofrece muchas lecturas. En México, por ejemplo, descubrí que “alto” (vaya que no está claro) significa “stop”. “Stop”, siempre ha significado “alto”, curiosamente. Nada que ver con lo prohibido, cuestión que ha llevado a los pueblos, desde tiempos ancestrales, lo mismo a la gloria gloriosa que la más mísera mísera de las miserias. Lo Prohibido es algo consustancial a la humanidad. Nacemos para prohibir y para que nos prohíban. A unos les gusta prohibir, a otros (los menos) que les prohíban y a la mayor parte de la gente no les gusta nada lo de las prohibiciones. Anda que no. Sin embargo, cuando los que deciden prohíben, mejor no mover ficha. Estate quieto. En época de tempestades no hacer mudanza que decía San Ignacio. Por cierto que la frase es muy indicada, aunque no lo parezca, en relación a las cosas prohibidas. Ya saldrá el asunto de nuevo. Vayamos primero a la Biblia. Después del séptimo día, y antes de descansar, Dios, lo primero que hizo fue prohibirles a Adán y a Eva que tocaran el manzano del Edén (que debía ser espectacular, dicho sea de paso). Pudo más el protagonismo humano que la recomendación de Dios (vamos a ponerlo en mayúsculas por si acaso). Desde entonces la manzana prohibida nos ha acompañado en forma de historia, amenaza, pecado original o sarcasmo. Luego están Caín y Abel. Prohibido matar a un hermano. Para qué. Para qué se dice. Es lo peor de las prohibiciones, especificarlas. Las uvas que emborracharon (milagro, porque hay que comerse cientos de uvas para emborracharse, supongo) a los hijos de Noé no estaban prohibidas exactamente, pero desde entonces están como toleradas, solamente. El zumo de las uvas, por seguir con los ejemplos, (vino y demás) está literalmente prohibido hasta determinada edad, aunque, al menos en España, esté ciertamente tolerado en todas partes.
La prohibición es un aliciente. Saltársela forma parte de la manera de ser de las personas, o por lo menos de las personas españolas. El carácter nacional impone que si en la puerta de un bar pone “tirar”, se empuje y al revés. Para que el público entre en un sitio, digamos una estancia, un pasillo, unas escalera, un aseo…, nada mejor que un letrero de “prohibido el paso” o “averiado, no se puede entrar”. Es un reclamo. Todos van cómo pueden a ver qué es lo que hay detrás. O a mear precisamente porque está prohibido hacerlo. Un papel, otra cosa, con un sello de “confidencial” lo va a intentar leer todo el que pase por delante. Otro papel, de idéntico contenido, prohibido o confidencial, pasará desapercibido sin el sello. Un primo hermano me lo contó una vez: “no escribas nunca secreto o privado en algo que pretendas que nadie vea”. Y es así, o me lo parece. Prohibido es excitante. ¿O no? Es exactamente como cuando te dicen que no, pero que no, que no y tú dices, pues sí. Tócame los weisjston, pero es que sí. Sí, sí, sí. Cuando te saltas lo prohibido es como, ¿cómo qué? Hay que definirlo. Tal vez otro día.
No, no es que este cuento esté prohibido, nadie se asuste, es que habla de aquellas cosas que están, o han estado, o quizá estarán, prohibidas. El concepto, como los anteriores, es muy amplio y ofrece muchas lecturas. En México, por ejemplo, descubrí que “alto” (vaya que no está claro) significa “stop”. “Stop”, siempre ha significado “alto”, curiosamente. Nada que ver con lo prohibido, cuestión que ha llevado a los pueblos, desde tiempos ancestrales, lo mismo a la gloria gloriosa que la más mísera mísera de las miserias. Lo Prohibido es algo consustancial a la humanidad. Nacemos para prohibir y para que nos prohíban. A unos les gusta prohibir, a otros (los menos) que les prohíban y a la mayor parte de la gente no les gusta nada lo de las prohibiciones. Anda que no. Sin embargo, cuando los que deciden prohíben, mejor no mover ficha. Estate quieto. En época de tempestades no hacer mudanza que decía San Ignacio. Por cierto que la frase es muy indicada, aunque no lo parezca, en relación a las cosas prohibidas. Ya saldrá el asunto de nuevo. Vayamos primero a la Biblia. Después del séptimo día, y antes de descansar, Dios, lo primero que hizo fue prohibirles a Adán y a Eva que tocaran el manzano del Edén (que debía ser espectacular, dicho sea de paso). Pudo más el protagonismo humano que la recomendación de Dios (vamos a ponerlo en mayúsculas por si acaso). Desde entonces la manzana prohibida nos ha acompañado en forma de historia, amenaza, pecado original o sarcasmo. Luego están Caín y Abel. Prohibido matar a un hermano. Para qué. Para qué se dice. Es lo peor de las prohibiciones, especificarlas. Las uvas que emborracharon (milagro, porque hay que comerse cientos de uvas para emborracharse, supongo) a los hijos de Noé no estaban prohibidas exactamente, pero desde entonces están como toleradas, solamente. El zumo de las uvas, por seguir con los ejemplos, (vino y demás) está literalmente prohibido hasta determinada edad, aunque, al menos en España, esté ciertamente tolerado en todas partes.
La prohibición es un aliciente. Saltársela forma parte de la manera de ser de las personas, o por lo menos de las personas españolas. El carácter nacional impone que si en la puerta de un bar pone “tirar”, se empuje y al revés. Para que el público entre en un sitio, digamos una estancia, un pasillo, unas escalera, un aseo…, nada mejor que un letrero de “prohibido el paso” o “averiado, no se puede entrar”. Es un reclamo. Todos van cómo pueden a ver qué es lo que hay detrás. O a mear precisamente porque está prohibido hacerlo. Un papel, otra cosa, con un sello de “confidencial” lo va a intentar leer todo el que pase por delante. Otro papel, de idéntico contenido, prohibido o confidencial, pasará desapercibido sin el sello. Un primo hermano me lo contó una vez: “no escribas nunca secreto o privado en algo que pretendas que nadie vea”. Y es así, o me lo parece. Prohibido es excitante. ¿O no? Es exactamente como cuando te dicen que no, pero que no, que no y tú dices, pues sí. Tócame los weisjston, pero es que sí. Sí, sí, sí. Cuando te saltas lo prohibido es como, ¿cómo qué? Hay que definirlo. Tal vez otro día.

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