CUENTO VI. EL PALO.
De manera que allí estaban dándose un homenaje en aquel lugar recóndito de una calle poco transitada y sin embargo centrica. Bien, céntrica en el barrio porque claro la calle estaba lejos de la ciudad. Andando muy lejos. El Palo. Así se llama. Alejado de casi todo, pero por donde cruzaban caminos fundamentales, más o menos, para el tráfico entre Almería y Málaga. Si uno se dirige al Oeste llega a Málaga, bien por la antigua carretera Nacional 340, bien por la más antigua, quizá, vía del tren. Un tren que iba de Vélez al puerto y que durante algunos años fue conocido como la cochinita. ¡Anda qué el nombre! Hacia el este, la carretera de Almería. Un rosario de vericuetos que van saltando acantilados y sorteando montes y que en algún momento dejan ver el majestuoso Peñón del Cuervo, muy cerca de la fábrica de cemento. Una fábrica de toda la vida ampliada y ampliada y ampliada y molestamente ampliada. El Palo. Los más viejos cuentan que el nombre viene de un tronco que anclado en la playa servía a los pescadores y gentes del lugar para colgar ropas y otras cosas mientras faenaban o hacían labores determinadas. Debió ser un tronco erecto porque no se entendería sino semejante interpretación. El caso es que tampoco se sabe de qué tipo de árbol era aquello ni cómo llegó a aquella alejada playa ni por qué se instalaron allí pescadores. Bueno esto sí es más probable que se sepa, claro, porque había pescado. Y menudo pescado. En los mejores momentos las barcas que faenaban sacaban copos y copos de pescado fino y pequeño, morralla según algunos, gloria bendita para otros. Andando el tiempo, debió ser en el siglo 18, los marengos se fueron construyendo chozas de madera que devinieron en casas, o mejor casitas, ya debió ser el 19, al menos es lo que se piensa. Eso que llaman casas de pescadores de manera eufemística y que son en realidad humildes lugares de vida propia con gentes que hacen su vida propia y que tienen su propia vida. El Palo, Hacia el sur el mar, África, la muerte en ocasiones. Hacia el norte el Monte San Antón, que en realidad son tres montes, bordeado por el Jaboneros, una suerte de arroyo que casi nunca lleva agua pero que puede inundarlo todo cuando la lleva. De hecho ha causado desastres más de una vez. Unas cuantas. Detrás del San Antón, más hacia el norte pero tirando más bien hacia el este, Olías y sus cortijos, sus viñas, alguna bodega y mucha miseria. Demasiada miseria. Como en las cuevas, la otra parte de El Palo. La parte, seguramente, más escondida. El cruce de carreteras arriba. Las cuevas. Si los de El Palo supieran que yo, que ni soy de El Palo estoy escribiendo esto, casi, casi casi seguro que me pegarían una pedrada. ¿O no? O sí. O no se sabe
De manera que allí estaban dándose un homenaje en aquel lugar recóndito de una calle poco transitada y sin embargo centrica. Bien, céntrica en el barrio porque claro la calle estaba lejos de la ciudad. Andando muy lejos. El Palo. Así se llama. Alejado de casi todo, pero por donde cruzaban caminos fundamentales, más o menos, para el tráfico entre Almería y Málaga. Si uno se dirige al Oeste llega a Málaga, bien por la antigua carretera Nacional 340, bien por la más antigua, quizá, vía del tren. Un tren que iba de Vélez al puerto y que durante algunos años fue conocido como la cochinita. ¡Anda qué el nombre! Hacia el este, la carretera de Almería. Un rosario de vericuetos que van saltando acantilados y sorteando montes y que en algún momento dejan ver el majestuoso Peñón del Cuervo, muy cerca de la fábrica de cemento. Una fábrica de toda la vida ampliada y ampliada y ampliada y molestamente ampliada. El Palo. Los más viejos cuentan que el nombre viene de un tronco que anclado en la playa servía a los pescadores y gentes del lugar para colgar ropas y otras cosas mientras faenaban o hacían labores determinadas. Debió ser un tronco erecto porque no se entendería sino semejante interpretación. El caso es que tampoco se sabe de qué tipo de árbol era aquello ni cómo llegó a aquella alejada playa ni por qué se instalaron allí pescadores. Bueno esto sí es más probable que se sepa, claro, porque había pescado. Y menudo pescado. En los mejores momentos las barcas que faenaban sacaban copos y copos de pescado fino y pequeño, morralla según algunos, gloria bendita para otros. Andando el tiempo, debió ser en el siglo 18, los marengos se fueron construyendo chozas de madera que devinieron en casas, o mejor casitas, ya debió ser el 19, al menos es lo que se piensa. Eso que llaman casas de pescadores de manera eufemística y que son en realidad humildes lugares de vida propia con gentes que hacen su vida propia y que tienen su propia vida. El Palo, Hacia el sur el mar, África, la muerte en ocasiones. Hacia el norte el Monte San Antón, que en realidad son tres montes, bordeado por el Jaboneros, una suerte de arroyo que casi nunca lleva agua pero que puede inundarlo todo cuando la lleva. De hecho ha causado desastres más de una vez. Unas cuantas. Detrás del San Antón, más hacia el norte pero tirando más bien hacia el este, Olías y sus cortijos, sus viñas, alguna bodega y mucha miseria. Demasiada miseria. Como en las cuevas, la otra parte de El Palo. La parte, seguramente, más escondida. El cruce de carreteras arriba. Las cuevas. Si los de El Palo supieran que yo, que ni soy de El Palo estoy escribiendo esto, casi, casi casi seguro que me pegarían una pedrada. ¿O no? O sí. O no se sabe

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