Friday, October 06, 2006


CUENTO V. EL COCODRILO.

Es el nombre de un bar. Un amplio bar con salón de celebraciones en La Mosca. Así se llama el sitio donde está. Un barrio castigado primero por las riadas del Jaboneros (un río que no es río, un arroyo que tampoco lo es y un caudal desbordante cuando llueve) y después por una maldita autovía que les cruza por encima. El autor del proyecto no tuvo mejores ideas que poner un viaducto justo justo por encima del barrio. No pasa nada, coches y camiones por la autovía, pero es molesto, "cuando menos molesto", volveremos a citar a Borges. La Mosca tiene peculiaridades, hay por ejemplo un cante que se llama… ¿cómo se llama? Bien es un cante especial y propio del sitio. En realidad es propio de toda la cuenca del Jaboneros hacia arriba, pero no hay mucha población, salvo en La Mosca, en un sitio tan lóbrego, cuando toca, tan florido y verde cuando llueve, tan salvaje en definitiva, tan abrupto. Porque es todo monte hacia arriba. Pasada La Mosca, si se sube por las escasas riveras del arroyo, hay almendros, olivos y sobre todo tomillo, hinojo, romero, lavanda y mucha maraña, y todo ello a los piés del San Antón, que ahí es nada. Con la humedad del otoño o del invierno vienen los espárragos. Qué planta. Muerta todo el verano y caen dos gotas, se pone verde y encima crecen tallos nuevos que bien cocinados son de lo que no hay. Hay que buscarlos y encontrarlos. Parece que todo lo bueno se esconde. Los espárragos trigueros, también. La Mosca, que era a lo que íbamos al principio, es un lugar pequeño (¿quizá su nombre responde a ello?) humilde y fundamentalmente autoconstruido. Es decir las casas del barrio fueron hechas con el esfuerzo y sudor, y los ladrillos y la cal, de los que las habitan. Y ahí está EL COCODRILO. En un buen supuesto uno tendría la impresión previa de que va a un sitio de música country en pleno centro del estado de Misuri, pongamos por caso. Pero no. Falta la música Country. Por lo demás, el local es parecido a cualquier lugar de esos que aparecen en las películas americanas de carretera. Más mierda, sí, pero parecido. Buen café, cerveza de botella y mucha gente del barrio que entra y sale, que pide y no pide, que pide que les fíen y no les fían, que busca nada y no lo encuentra, que está y no está pero que siempre saluda al que entra, aunque no sea conocido, como es mi caso.
CUENTO VI. EL PALO.

De manera que allí estaban dándose un homenaje en aquel lugar recóndito de una calle poco transitada y sin embargo centrica. Bien, céntrica en el barrio porque claro la calle estaba lejos de la ciudad. Andando muy lejos. El Palo. Así se llama. Alejado de casi todo, pero por donde cruzaban caminos fundamentales, más o menos, para el tráfico entre Almería y Málaga. Si uno se dirige al Oeste llega a Málaga, bien por la antigua carretera Nacional 340, bien por la más antigua, quizá, vía del tren. Un tren que iba de Vélez al puerto y que durante algunos años fue conocido como la cochinita. ¡Anda qué el nombre! Hacia el este, la carretera de Almería. Un rosario de vericuetos que van saltando acantilados y sorteando montes y que en algún momento dejan ver el majestuoso Peñón del Cuervo, muy cerca de la fábrica de cemento. Una fábrica de toda la vida ampliada y ampliada y ampliada y molestamente ampliada. El Palo. Los más viejos cuentan que el nombre viene de un tronco que anclado en la playa servía a los pescadores y gentes del lugar para colgar ropas y otras cosas mientras faenaban o hacían labores determinadas. Debió ser un tronco erecto porque no se entendería sino semejante interpretación. El caso es que tampoco se sabe de qué tipo de árbol era aquello ni cómo llegó a aquella alejada playa ni por qué se instalaron allí pescadores. Bueno esto sí es más probable que se sepa, claro, porque había pescado. Y menudo pescado. En los mejores momentos las barcas que faenaban sacaban copos y copos de pescado fino y pequeño, morralla según algunos, gloria bendita para otros. Andando el tiempo, debió ser en el siglo 18, los marengos se fueron construyendo chozas de madera que devinieron en casas, o mejor casitas, ya debió ser el 19, al menos es lo que se piensa. Eso que llaman casas de pescadores de manera eufemística y que son en realidad humildes lugares de vida propia con gentes que hacen su vida propia y que tienen su propia vida. El Palo, Hacia el sur el mar, África, la muerte en ocasiones. Hacia el norte el Monte San Antón, que en realidad son tres montes, bordeado por el Jaboneros, una suerte de arroyo que casi nunca lleva agua pero que puede inundarlo todo cuando la lleva. De hecho ha causado desastres más de una vez. Unas cuantas. Detrás del San Antón, más hacia el norte pero tirando más bien hacia el este, Olías y sus cortijos, sus viñas, alguna bodega y mucha miseria. Demasiada miseria. Como en las cuevas, la otra parte de El Palo. La parte, seguramente, más escondida. El cruce de carreteras arriba. Las cuevas. Si los de El Palo supieran que yo, que ni soy de El Palo estoy escribiendo esto, casi, casi casi seguro que me pegarían una pedrada. ¿O no? O sí. O no se sabe